X

¿Quién sabe cuándo volveremos a ver algo así?

Hay historias que, por más que se repitan, nunca dejan de asombrarnos. Y la de Lionel Messi con el fútbol, con la camiseta argentina, con la Copa del Mundo, es una de ellas. Aquí estamos, en pleno Mundial de 2026, con el calendario marcando el 24 de junio, el día en que el genio de Rosario cumple 39 años. Y la pregunta, que ya se ha vuelto un mantra, resuena en cada rincón del planeta fútbol: ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible que este hombre, que ya lo ha ganado todo, que ya ha roto todos los récords, siga desafiando la lógica, la edad y, me atrevería a decir, la propia naturaleza del deporte?

Lo confieso, a veces me siento un poco ridículo escribiendo sobre él. ¿Qué más se puede decir de Messi que no se haya dicho ya? ¿Qué adjetivo no se ha gastado en su nombre? Pero luego lo veo jugar. Lo veo deslizarse por el campo, con esa aparente indolencia que esconde una voracidad insaciable. Lo veo recibir el balón, levantar la cabeza, y en una fracción de segundo, dibujar una jugada que nadie más había imaginado. Y entonces, todas las dudas se disipan. Porque Messi, a sus 39 años, en su sexto Mundial, no solo sigue siendo relevante; sigue siendo, para muchos, el mejor.

Este Mundial de 2026, que se celebra en Canadá, México y Estados Unidos, prometía ser el de la transición, el de la consolidación de nuevas figuras, el de la despedida silenciosa de los últimos grandes mitos. Pero Messi se ha negado a aceptar ese guion. Se ha plantado en el centro del escenario y ha dicho: «Aquí sigo yo». Y lo ha hecho con una autoridad, con una brillantez, que nos obliga a reescribir, una vez más, la historia.

El tiempo es un concepto relativo: Goles, récords y la eterna juventud

Argentina ha comenzado su andadura en este Mundial con una contundencia que asusta. Un 3-0 a Argelia en el debut, con un hat-trick de Messi que ya nos ponía sobre aviso. Y luego, un 2-0 a Austria, donde el capitán volvió a ser protagonista, abriendo y cerrando la cuenta. Cinco goles en dos partidos. Cinco goles que no solo han catapultado a Argentina a la cima de su grupo, sino que han servido para que Messi siga pulverizando récords que parecían inalcanzables.

Con esos cinco tantos, Messi ha alcanzado los 18 goles en Copas del Mundo, superando el récord histórico del alemán Miroslav Klose. Una cifra que, por sí sola, ya lo coloca en un olimpo aparte. Pero no es solo la cantidad; es la forma. Es la capacidad de aparecer en los momentos clave, de desatascar partidos complicados, de llevar el peso de un equipo que, por momentos, parece depender exclusivamente de su inspiración.

Me pregunto si somos conscientes de lo que estamos presenciando. Un futbolista que, a punto de cumplir los 40, ya es el máximo goleador de un Mundial, el líder indiscutible de una selección que aspira a todo. Es una anomalía, una bendita anomalía, en un deporte que cada vez exige más físico, más velocidad, más despliegue. Messi, con su zancada corta, su centro de gravedad bajo y esa visión de juego que parece venir de otro planeta, se niega a someterse a las leyes de la biología.

¿Es la experiencia? ¿Es la inteligencia táctica? ¿Es una preparación física milimétrica? Probablemente sea una combinación de todo ello, aderezado con ese talento innato que solo poseen los elegidos. Pero hay algo más. Hay una determinación, una ambición que, lejos de apagarse con los años y los títulos, parece haberse recrudecido. Como si cada partido fuera una nueva oportunidad para demostrarse a sí mismo, y al mundo, que aún le queda mucho por decir.

La última danza: La melancolía de un final anunciado (o no)

Cada partido de Messi en este Mundial de 2026 se vive con una intensidad diferente. Con la alegría de verlo brillar, sí. Pero también con una punzada de melancolía, con la conciencia de que cada regate, cada pase, cada gol, podría ser el último. Porque, aunque se niegue a envejecer, el tiempo es el único rival que nadie puede vencer. Y la idea de un fútbol sin Messi, aunque cada vez más cercana, sigue siendo difícil de asimilar.

¿Será este su último Mundial? ¿Será esta la última vez que lo veamos con la camiseta albiceleste en la máxima competición? Él no lo ha dicho. Y, sinceramente, después de lo que estamos viendo, ¿quién se atreve a pronosticar su retirada? Messi ha demostrado que las reglas no van con él, que los límites son solo una convención. Y en esa rebeldía, en esa capacidad de desafiar lo establecido, reside también una parte de su grandeza.

Pero más allá de los resultados, más allá de los récords, lo que Messi nos está regalando en este Mundial es una lección de amor por el juego. Un amor puro, incondicional, que trasciende la fama, el dinero y la presión. Un amor que lo lleva a seguir compitiendo al máximo nivel, a seguir disfrutando de cada minuto en el campo, a seguir buscando la excelencia en cada acción.

Y eso, para un aficionado al fútbol, es el mayor de los regalos. Porque nos recuerda que, incluso en un deporte cada vez más mercantilizado, más predecible, más dominado por la estadística, aún queda espacio para la magia. Aún queda espacio para un genio que, a sus 39 años, se niega a bajarse del escenario. Y nosotros, simples espectadores, solo podemos aplaudir y disfrutar de esta locura que se niega a terminar. Porque, ¿quién sabe cuándo volveremos a ver algo así?

Etiquetas: Messi
Posts relacionados