Hay un punto de nostalgia en los últimos días de mundial, la sensación de que antes estábamos todos y ahora quedan unos pocos (quedamos, gracias al buen hacer de la selección española). Atrás quedan los momentos, que se convierten en recuerdos. El mundo volcado en torno al balón, pendiente de los suyos. El fútbol, una excusa. Al final no fue mala la idea de aumentar el número de equipos: fuimos más, reímos más. Se dio paso a nuevos invitados que enriquecieron la experiencia: ni España ni Uruguay pudieron con Cabo Verde, paradisíaco archipiélago en la costa noroeste africana que se dio el lujo de llevar a Argentina, actual campeona, a la prórroga en dieciseisavos. A sus 40 años, ahora el planeta fútbol conoce a Vozinha, su portero, gracias a su buena actuación, y también a Sidny Lopes Cabral, que marcó un gol de museo contra Argentina en la prórroga, pasó de todos y se fue a la grada a celebrarlo con su esposa.

Pero así es el mundial: uno pasa y otro se queda en el camino. Ahora, tras las victorias de España y Argentina, las miradas están puestas en la final de Nueva York, pero no nos olvidamos del camino: atrás quedó la fase de grupos y la certeza de tener dos o tres partidos al día. La goleada de Alemania a la también debutante Curazao, a la que quedó el consuelo de marcar su primer gol en los mundiales. El buen papel de las anfitrionas, con el apañado equipo que armó Pochettino en Estados Unidos y la extraña decisión posterior de la FIFA con Balogun, que de poco sirvió. También México, con los goles de Quiñones, la guerra que le dio a Inglaterra en octavos y el amistoso “fuck you” de Javier Aguirre a Anthony Gordon.

Atrás queda la pentacampeona Brasil con sus dudas, que algún día tendrá que volver. Países Bajos, naranja no tan mecánica como antaño. Las paradas de Bono y su increíble estadística con los penaltis en los mundiales (sólo le han marcado dos de nueve). La buena imagen de Colombia, a la que le faltó gol pero le sobró centrocampista con Gustavo Puerta, por la parte que le toca al racinguismo. El mundial de Haaland, una de las figuras del torneo dentro y fuera del campo. Los tambores de la hinchada noruega.

Para el recuerdo queda Inglaterra cantando Wonderwall tras sus victorias, comandados por Harry Kane y Bellingham y semifinalistas por primera vez desde 1966. La decepción portuguesa, con un centro del campo que infundía respeto pero no brilló en un apartado en el que España no ha tenido rival. La despedida de Cristiano, al que le dio tiempo a gritar «SIIUUUU» ante Uzbekistán. El muro paraguayo, ante el que estuvo a punto de estrellarse Francia, donde Mbappé, Olise y Dembélé estuvieron brillantes hasta que se toparon con la Roja, en la que Unai Simón batió un récord de imbatibilidad que será difícil de replicar.

Son sólo algunas de las historias que nos deja este mundial de 2026. Por delante queda un partido que no sé muy bien si Francia e Inglaterra tendrán muchas ganas de jugar, y por supuesto, tenemos “Finalissima” por todo lo alto, como si no se hubiera celebrado aquel partido porque estaba reservado para el gran duelo mundialista. Dice Luis De La Fuente que todo está escrito. Quién sabe. España ha llegado gracias a un gran equipo por encima de individualidades, una buena defensa, un centro del campo magnífico y un partido ante Francia para poner en la estantería. Enfrente estará Argentina, que no se rinde nunca y en la que Messi nunca se acaba.

Como decía Sam a Frodo en Las Dos Torres: “ni siquiera deberíamos estar aquí, pero estamos. Igual que en las grandes historias, las que realmente importan”.

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Gabriel Caballero

Periodista
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